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La risa en el teatro de improvisación

Actualizado: 16 dic 2025

La risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos también el diablo parece pobre y tonto, y, por tanto, controlable. (Humberto Eco - El nombre de la Rosa) 


Uno de los ingredientes intrínsecos del teatro de Improvisación es la comedia, la risa que irrumpe atrevida de la mano de la propuesta espontánea, la risa que nos pone a todos al mismo nivel, sin diferencias de status o jerarquías sociales, porque nos libera de tensiones y prejuicios, porque en la risa late la rebeldía ante cualquier poder o autoridad, invirtiendo las relaciones de dominio, de hecho fue la risa espontánea la llave de entrada con la que la "Impro" abrió puertas y se instaló de manera insolente en muchos de los espacios teatrales reservados solamente a los "puristas" del teatro, y como irrespetuosa "Bacante" ha sido criticada o simplemente menospreciada catalogándola como simple divertimento, tal vez por esa irreverencia o porque ha logrado llenar donde otros con su culto teatro no han podido... 


Es la Commedia dell'arte italiana quien pone en el escenario mundial a la improvisación no solo como proceso sino como resultado final, el teatro all' improvviso ejecutado magistralmente por comediantes que, a partir de un canovaccio, construían la trama, dejando al actor la elección de las palabras, el cómo decirlas, qué decir, cuánto tiempo emplear para realizar la escena, las entradas y salidas de cada personaje y sus respectivos objetivos. 


Se llamó Canovaccio a la forma que encontraron los actores de la commedia dell’arte de llevar un registro de sus libretos, de las comedias que representaban. Los canovacci solían ser anotaciones en cuadernos de los actores de la compañía, o bien hojas que se colgaban entre bastidores y que los actores y actrices (fue la primera vez que se permitieron mujeres sobre el escenario) iban controlando a medida que representaban. Básicamente era una escaleta que luego del título definía quiénes eran los personajes que iban a formar parte de la obra, la utilería que necesitarían y un resumen del argumento. 



A partir de esta particular manera de creación escénica la compañía ponía en escena obras completas soportadas no solo en su enorme capacidad improvisatoria sino en su memoria conformada por diferentes fragmentos de textos de la época, se trataba entonces de una estructura dramatúrgica compuesta por muchos retazos de textos, una especie de collage mental que tomaba forma en el escenario al servicio de la representación repentista de los actores y actrices, la improvisación fruto del estudio y la tradición donde un sin número de scenari, que eran una especie de guiones de acciones, algunos muy elementales y que servían de base para la puesta en escena, donde aparecían los temas básicos para desarrollar en la obra, los cuales variaban según el público de turno, pasaban de generación en generación haciendo parte de esa inagotable colcha de retazos dramatúrgicos, era la risa la protagonista de estás puestas en escena que se llevaban a cabo en calles y plazas de cualquier ciudad, la risa que se afirmaba en la parodia, en la materia corporal del pedo y el eructo de personajes prototipo que se burlaban de roles de poder como el dottore o el comerciante avaro o el militar arrogante, donde el amor era el único sobreviviente, en la commedia dell’arte los enamorados son los únicos personajes que no usaban máscara.  


Pero ¿Por qué la risa esta tan presente en los espectáculos de improvisación?, en el teatro de improvisación el público es cocreador de la escena, desarrolla al mismo tiempo en su teatro mental,  la obra que está siendo creada en el escenario, participa activamente del nacimiento espontáneo de la escena, jugando directa e indirectamente con el actor - improvisador, es consciente que la trama se está desarrollando en el aquí y ahora haciendo parte del triángulo de complicidad que se genera: actor – compañero – público y como cocreador de la escena reclama su derecho a jugar activamente, exigiendo, señalando, sorprendiéndose y sobre todo divirtiéndose con los giros y juegos dramáticos que los actores le plantean, al igual que en la comedia escrita en el teatro de improvisación el personaje se enfrenta a una serie de obstáculos que tendrá que enfrentar y sortear para cumplir su objetivo, posee el mismo deseo del personaje clown: “quiere hacer bien las cosas”, pero los obstáculos que afronta no le permiten cumplir con tranquilidad sus objetivos, las caídas, los tropiezos, los enredos, los mal entendidos, las ironías dramáticas, las urgencias, los conflictos, van tejiendo una trama llena de gags, todos ellos ingredientes de cualquier dramaturgia cómica. “El deseo de no ser ridículo es intrínseco en el personaje cómico, esto vuelve al personaje humano y creíble, a la vez que profundo y con una enorme contradicción” Hernán Gené    


Pero hay un obstáculo aún mayor que el actor – improvisador enfrenta y que el público conoce previamente y es la improvisación misma, sabemos que lo que se está desarrollando frente a nuestros ojos está siendo creado en el momento, al calor de la acción y que dependiendo de nuestras sugerencias y reacciones, la trama se verá modificada, somos parte activa de la construcción dramatúrgica, somos un jugador más y nos excita, nos llena de adrenalina poder ser parte del juego compartido, un acto lúdico que nos invita a arriesgar sin la seguridad de un texto previo o una partitura escénica ensayada, nos complace ver al actor – actriz en problemas, nos sorprende cuando sus acciones no son las predecibles, queremos ver sufrir a los personajes, pero como participes activos, conscientes del reto que enfrentan, deseamos que la fortuna los abrace, que tengan éxito sobre el escenario y el mayor éxito posible es el aplauso y la risa del público.


Vamos al teatro o al cine para ver lo que muchas veces no nos gustaría que nos sucediera en la realidad, una caída, una urgencia de vida o muerte, una tragedia, todo lo que en la realidad buscamos evadir o controlar, pero que en el escenario esperamos que suceda para ver como esos obstáculos transforman al personaje y como el personaje logra afrontarlos, algunas veces con éxito y otras no… pero reímos porque nos sentimos identificados, nos recuerdan nuestro propio absurdo, nuestro propio humor, porque también nosotros, como público,  somos dramaturgos y personajes que comparten escena en ese teatro mental espontáneo, conscientes de nuestro propio ridículo. 



El entrenamiento de un actor, actriz improvisadora es el de aquel que potencia el conflicto, aprovecha el error a beneficio de la historia, haciéndola crecer, desarrollando un crescendo a partir del o los incidentes desencadenantes que él mismo genera, debe entrenarse en su rol múltiple de actor, dramaturgo, director y editor, debe ser consciente de todas los elementos dramatúrgicos a su servicio, de cumplir las promesas dramáticas planteadas, debe dirigir a conciencia su propia propuesta actoral y la de sus compañeros, ayudándolos a gatillar en todo momento su imaginación al servicio de la historia, pero también debe ser consciente del ritmo de la pieza en su rol como editor, de la plataforma, del crescendo, del clímax, del anticlímax, del remate, de las propuestas ejecutadas, ya sean suyas o de otros, es como un hombre que avanza de espaldas, desconoce qué le depara el camino, está abierto a la sorpresa pero es plenamente consciente de lo que va dejando a su paso, su futuro está atrás de él y su pasado adelante, y por eso puede sacar el máximo provecho de las condiciones dadas, y para ello recurre a tres elementos básicos de la construcción dramática Improvisada: Relación, Reconexión y Rompimiento de rutina.


Relación: Toda propuesta ya sea verbal o corporal, debe relacionarse con las ideas planteadas en escena, de dichas relaciones surgirán los personajes, las emociones y la trama en general, cada quien aportará un ladrillo a la edificación, siempre con la clara intención de enriquecer la historia que se está construyendo, sin imposiciones ni egocentrismos, descubriendo juntos la coherencia narrativa de la obra. 

Reconexión: La reconexión es para mí, uno de los principales talentos de un actor-improvisador y es precisamente esta característica la que le da forma esférica a la dramaturgia, el hombre que camina de espaldas recoge y aprovecha al máximo cada uno de sus pasos, no sólo los suyos sino el de todos sus compañeros, conectando y reconectando todo el material propuesto durante el camino, dándole profundidad y soporte a toda la historia, al encontrar un motor en la periferia el actor-improvisador debe exprimir al máximo la propuesta, ir en profundidad como una espiral y es allí donde la reconexión se vuelve indispensable para lograr ese espesor dramático, esa poesía tan ausente en muchos montajes de Impro. 

Rompimiento de rutina: Es la que nos saca del ensimismamiento, la que nos hace saltar de la cama cuando en el sueño estamos cayendo, obligándonos a desarrollar nuevos caminos, nuevas opciones que desafíen nuestras capacidades narrativas, construyendo caminos improbables, sacudiéndonos la cabeza y recordándonos que el escenario es un espacio de riesgo que nos recompensará, si tenemos suerte, con el placer de la sorpresa y la adrenalina de lo ignoto. 


Hace unos días tuve la oportunidad de ver en Santo Domingo (República Dominicana) una especie de Jamming de impro, todos los miércoles, en un espacio con un marcado estilo clandestino, se dan cita un variado grupo de personas que simplemente se reúnen por el amor a la impro, por el placer de jugar juntos, un público variado que asiste a la cita de cada semana con la intención de jugar con otros sobre el escenario. Un host inicia su intervención pidiendo voluntarios para participar de diferentes retos de impro y como si fuera una oportunidad única saltan al escenario voluntarios de todo tipo, el deseo de jugar, de experimentar la adrenalina que se siente estar de pie frente a un público y sin ningún texto aprendido dispuestos a resolver sobre la marcha dichos desafíos, hace que la invitación sea imperdible, incluso amerita pagar para participar, es obvio que cuando suben al escenario aquellos que poseen una mayor experiencia, la escena es mucho más interesante y sustanciosa, pero allí en ese oscuro lugar de luces rojas y música alegre, lo relevante no es la calidad de la puesta en escena, sino el placer de jugar, de compartir la emoción con otros, conocidos o no, de divertirnos jugando, el juicio pasa a un segundo plano y el riesgo de lanzarse al vacío es recompensado por el aplauso y las risas del público presente, que hacen las veces de actores y espectadores. 


Es un acto liberador el que presenciamos y del que somos participes, una fiesta donde cualquiera reclama su derecho a hacer el ridículo frente a otros y nos sentimos dueños del escenario por unos minutos, mientras la cerveza fluye por las gargantas y las luces nos enfocan, nos sentimos protagonistas de la escena, ¿Podemos decir que esto no es teatro? Creo que no… cumple con las tres condiciones básicas del hecho teatral según el maestro Jorge Dubatti: un convivio, (reunión de cuerpo presente), poíesis corporal (hacer “poesía”, en un sentido general, con los cuerpos) y expectación (observar detenidamente eso que aparece), podríamos decir que la calidad del espectáculo no es gran cosa, pero el convivio es lo que hace de esta experiencia su principal fortaleza, su verdadero atractivo y es la risa su más preciada recompensa. 


Para Keith Johnstone, dramaturgo, actor y director británico, pionero de la improvisación teatral, el hecho cómico es producto de una caída repentina de status, entiéndase status como el nivel de seguridad que un personaje representa en escena, el hombre que camina por la acera y resbala cayendo a una alcantarilla es gracioso si ése hombre pierde su status original y sobre todo si quienes observamos no nos compadecemos de él, es lo que él llama el principio del balancín, alguien sube de status y otro baja, un actor cómico es aquel que tiene como objetivo bajar su status o el de otras personas, generando un constante y sorpresivo balancín, para él la tragedia también es un fenómeno de transición de status: “la expulsión de un animal de status alto de la manada y como su entorno está constantemente en contra aunque su status permanece incólume”.  


Estas sorpresivas y espontáneas transiciones de status son las que a mi criterio provocan la risa, sobre todo si están precedidas de ese rompimiento de rutina del que echamos mano para hacer crecer la trama desarrollando un crescendo que nos lleve a un clímax y si además contienen lo que algunos dramaturgos llaman como “ironía dramática”, que es la confrontación entre lo que uno o varios personajes desconocen y el público sabe, la comicidad será aún más explosiva, son muchos los ingredientes que componen un plato cómico, algunos predecibles como el famoso gag de repetición donde se repite varias veces el mismo obstáculo y cuyo remate aparece cuando el público se ha olvidado de él, el gag inminente que es aquel que se espera o se intuye a partir de los datos que los personajes han planteado y que es inevitable, el gag rítmico que esta basado en la coordinación y ritmo exacto del ejecutante, un ejemplo de este gag es la maravillosa escena de Jerry Lewis en la película The errand boy, donde Lewis en su rol de mensajero, entra a la sala de la juntas que se encuentra vacía y por unos minutos asume la posición del presidente de la empresa e interpreta una magistral disertación usando como único discurso la pista musical de una orquesta, todos estos gags juegan con la sorpresa, con el rompimiento de rutina, de lo predecible, que en muchas ocasiones rogamos a los dioses para que ocurra.      



En mi búsqueda de explorar los límites de esta técnica teatral he pasado por diferentes etapas, algunas mas productivas que otras, investigando diferentes géneros que me planteen nuevos retos, uno de los retos más recientes fue el del Sitcom (comedia de situación) cuya estructura se centra en un conjunto de personajes, en su mayoría fijos, a diferencia de los sketches donde los personajes cambian frecuentemente, básicamente son personajes normales en circunstancias inusuales y personajes inusuales en circunstancias normales, la comedia surge de dicho contraste, este tipo de comedia me enseñó que no necesariamente debe existir un conflicto enorme para desarrollar la trama, el incidente desencadenante puede ser algo banal, pero es precisamente el contraste de las relaciones de los personajes entre si y las situaciones que provocan lo que hace cómica la escena, relaciones profundas, personajes muy bien estructurados, una actuación naturalista y sobre todo verdad en la representación, hacen de este estilo de comedia algo muy refrescante y divertido y si lo unimos a la improvisación escénica el resultado es tremendamente cómico, mientras escribo estas letras, me viene a la mente lo que Keith Johnstone le respondió a un grupo de estudiantes ante su pregunta ¿Por qué creen un ustedes que el público va a ver impro? Luego de varias respuestas de parte de sus estudiantes, su argumento fue: porque ven a un grupo de personas divertirse con lo que hacen, así como la risa no hay nada mas contagioso que el placer de hacer lo que nos gusta, creo que es algo que no podemos perder, cualquiera que sea el teatro que afrontemos. 


En la etapa más reciente de mi investigación me vi enfrentado a un tema delicado y socialmente cuestionable, el Bullying, era algo que no quería afrontar desde el punto de vista de la víctima y su justificada desaprobación social, quería asumirlo desde el punto de vista del victimario y el placer que este siente al infligir daño a otro, a través de la risa cruel, el sarcasmo y la burla, mi intención era la de generar empatía con el público, provocando complicidad con los personajes, ubicándolos también a ellos en el rol de victimarios, donde cada broma o apunte burlón generara risas y diversión, como en tantas ocasiones que nos congraciamos con la iniquidad que consciente o inconscientemente infligimos a otros por debilidad o simple ignorancia, mi intención en una primera parte era la de provocar risa instalando en el espectador esa distancia emocional entre el hecho y su representación, de esa manera podría liberarlo de la necesidad de compadecer al personaje – víctima y que disfrutará de la representación sin ninguna sensación de culpabilidad, sin embargo a medida que la trama avanzaba mi propósito era el de cambiar esas sonrisas por un silencio incómodo, donde desde sus cómodos status de victimarios cuestionaran sus acciones y la de los personajes o simplemente se lavaran las manos ante los hechos, confirmando esa recurrente sensación de impunidad social.   


Este experimento escénico me ha generado nuevos interrogantes, nuevos motores de búsqueda, cuestionamientos sobre ¿qué es lo que nos hace reír?, ¿qué es lo que hace que algo sea cómico o no?, ¿por qué nos reímos de algunas situaciones y de otras no?, en el caso de “Ladrón de manzanas” como bauticé a este canovaccio, nos reímos en la ambivalencia del padecimiento de la víctima, pero esa sensación de crueldad de la que somos conscientes a medida que transcurre la obra convierte al personaje en algo mucho más profundo y real.


Reímos al vernos identificados con los personajes, reímos por el placer que nos produce los giros dramáticos sorpresivos de la trama, reímos por contagio, por la ocurrencias de los actores y actrices, por las caídas de estatus y los dramas distanciados, reímos porque nos sentimos identificados con nuestro propio ridículo, reímos de los defectos propios o ajenos, reímos de nosotros mismos, de lo que ocultamos o mentimos, de lo profundo y superficial, de lo que nos identifica como seres humanos, de nuestra concreta y palpable realidad, la que vemos reflejada en las calles o en el escenario, porque no hay nada mas gracioso que la verdad. 


Bogotá, octubre 21 de 2024


Texto publicado originalmente en la revista TEATROS - número 28 - Risas - Nov/24 y Ene/25



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